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domingo, 6 de octubre de 2013

Jovellanos, el naturalista


Gaspar Melchor de Jovellanos
1744-1811

"Privado de papel, pluma, lápiz, tintero u otra cosa con que pudiera escribir". Así tenía que transcurrir el encierro de Gaspar Melchor de Jovellanos en el castillo de Bellver. Pero lo cierto es que los seis años que pasó en la fortaleza fructificaron en varias obras. Entre ellas, una minuciosa descripción de la zona que incluía animales y plantas. Una faceta naturalista que ya en la Cartuja de Valldemosa le había llevado a escribir una flora medicinal hoy perdida.

Nació en Gijón en enero de 1744. Un ilustrado de ideas renovadoras que se instaló en Madrid a finales de la década de los 70. La reforma educativa, la desamortización de tierras y la nueva ley agraria fueron algunos de sus frentes. Pero el estallido de la Revolución francesa en 1789, el miedo español al contagio y la llegada al trono de Carlos IV, acabaron por apartar de la vida pública a los pensadores más avanzados. Entre ellos, Jovellanos.

Consiguió ser ministro de Gracia y Justicia nombrado por Godoy en 1797, pero apenas se mantuvo un año en el cargo. Las intrigas de la Corte, los enemigos políticos y otras tantas acusaciones conllevaron no sólo su destitución, sino también su detención. En marzo de 1801 era un prisionero del Estado obligado a trasladarse a Mallorca.

En abril llegaba a la Cartuja de Valldemossa. Las órdenes eran impedirle cualquier comunicación con el exterior. Y allí, recluido en su celda, Jovellanos acabó por caer enfermo. Los cartujos se encargaron entonces de atenderle. El prior, incluso, pidió a la Corte que le rebajaran el castigo. Y, sin esperar respuesta, proporcionó al prisionero libros y papel para escribir además de permitirle paseos por los alrededores.


Castillo de Bellver
Para distraerse, Jovellanos comenzó a estudiar botánica. Aprendizaje para el que contaba con la ayuda del boticario del monasterio, y que fructificó en el Tratado de botánica mallorquina o Flora medicinal de Valldemossa. Obra hoy desaparecida.

El asturiano también supo recompensar a los monjes y, con el sueldo estatal que mantenía, financió parte de las obras de la nueva iglesia y compró libros para la biblioteca. Pero nada sirvió. Cuando el rey descubrió que pese a sus instrucciones, su preso no estaba incomunicado, ordenó su traslado al castillo de Bellver. La mudanza llegó en mayo de 1802 con el ilustrado escoltado por el ejército entre el dolor de los valldemossins.

Las condiciones empeoraron en Bellver. Ni papel, ni pluma, ni lápiz. A su alcance no había nada con lo que pudiera escribir. La falta de luz y ejercicio físico volvieron a hacerle enfermar. De nuevo, el castigo se fue ablandando hasta que en 1805 –eso sí, tres años después de su llegada–, comenzó a dar paseos por el bosque de Bellver.

El contacto con la naturaleza le hizo resucitar aquella vena naturalista de Valldemossa. Y su Memoria del Castillo de Bellver, descripción histórico-artística iba llenándose de apuntes de geografía, flora y fauna. Aquella suerte de diario retrataba la decadencia de la zona. "No ha mucho tiempo que la adornaba un bosque espesísimo de pinaretes que en la mayor parte ha desaparecido a mi vista", escribía.

Contaba algarrobos, acebuches, lentiscos, dos higueras creciendo al revés entre los sillares... Pero muchos menos que a su llegada. "Va para cuatro años que oigo todos los días y casi a todas horas los golpes de hacha desoladora resonar por las alturas, laderas y hondonadas del bosque", relataba. Criticó la poda indiscriminada, su "torpeza" y que los despojos de ésta se contaran "entre los derechos del gobernador del castillo".

Bosque de Bellver | absolutbaleares.com
Entre las plantas enumeró la genista, el gamón, el tomillo, el junco o la achicoria. Especies con las que, al parecer, habría iniciado un herbario que según algunos autores regaló a un médico amigo tras ser liberado. Según otros, le fue arrebatado por sus mismos carceleros.

La progresiva pobreza del bosque llegaba también a su fauna. "No ha mucho tiempo que se criaba en él toda especie de caza menor", repetía. Conejos, liebres, perdices. Todos desaparecidos. Seguían, sin embargo, las cabras "que asuelan [sic] con su diente venenoso hasta las plantas que las protegen" y los puercos "con su hocico minador".

Las aves parecían la última esperanza de la fortaleza. Jovellanos enumeraba gorriones, pinzones, vencejo que también iban a menos. No como las aves de rapiña que habitaban entre las grietas de las torres. Destacaba el búho y la lechuza. El foso del castillo era un vergel de ratas e insectos. Pero aún más, aseguraba, el interior de la propia fortaleza. Describió un escarabajo y una mariposa "fosfórica" que se le antojaban nuevos para la ciencia. Ponerles nombre quedaba en manos de Ceán Bermúdez, historiador del arte y supuesto destinatario del estudio.


Baleópolis nº196     02-04-2013

Fuentes

DE JOVELLANOS, Gaspar Melchor. Memorias histórico-artísticas de arquitectura
http://goo.gl/yBf0pQ

SANTOS BERMEJO, Lucía. Jovellanos: la prisión en el castillo de Bellver

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