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jueves, 3 de octubre de 2013

Buenaventura Serra, el aprendiz de enciclopedista

Buenaventura Serra
1728-1784

Buenaventura Serra vivió en una permanente contradicción. Su interés por la renovación científica del despotismo ilustrado se enfrentaba al miedo a unas ideas políticas que se oponían a su estamento privilegiado. Buscó ser un enciclopedista, pero se pareció más a un sabio tardío del Renacimiento que abarcó muchas materias sin llegar a profundizar en ninguna. Se fio más de la medicina medieval y fue escéptico con las ciencias más teóricas. Sólo la botánica pareció satisfacer su búsqueda de aplicación práctica.

Nació en Palma en 1728 en el seno de una familia que había servido a la monarquía desde las Germanies. Se doctoró en Derecho y comenzó a ejercer como catedrático en la Universidad desde 1752. Sin embargo, sería su puesto como cronista general del Ayuntamiento, a partir de 1759, el que le garantizaría un status privilegiado.

La Historia ha situado a Buenaventura Serra como uno de los hombres más cultos del XVIII mallorquín. Tenía conocimientos de botánica, de medicina y de arqueología, pero nunca tuvo ideas propias. Fue un compilador de teorías al estilo de un hombre del Renacimiento. Podría haber sido un enciclopedista como Diderot y D’Alembert, pero su nivel no alcanzaba. «La enciclopedia fue una forma de divulgación del conocimiento. Fue una obra escrita de manera colectiva por muchos especialistas. Pero Serra no era un especialista, sino un humanista que estudiaba las materias sin profundizar», aseguran los historiadores Antoni Picazo y Jesús García Martín


En la obra La cultura de la Il·lustració a Mallorca, ambos expertos presentan al mallorquín como un personaje contradictorio. Pese a que fue un hombre ilustrado –en contacto con otras figuras de la época como Enrique Flórez o Martín Sarmiento– defendió a la nobleza. «Siempre fue fiel al gobierno y era muy elitista. Se consideraba en un status superior y se oponía a transformaciones como la igualdad de toda la población», explican los historiadores.

Serra fue también censor de libros, pero no contra la renovación científica, sino para frenar «las ideas políticas que llegaban de Francia y que atentaban contra la oligarquía». En la Ilustración estaba muy extendida la idea del retraso científico de España, algo que también pensaba Serra. Sin embargo, en Mallorca, su labor sentaría las bases del futuro cientifismo. Su programa enciclopédico buscaba la renovación, pero también cayó en la contradicción.

La medicina fue una de las materias en las que se mostró menos coherente. Investigó los efectos del clima de la Isla sobre la salud de sus habitantes y leyó a los principales renovadores médicos españoles. Pero aun y así, desconfió de la práctica médica de su tiempo. Prefería las sangrías y los remedios populares antes que los métodos innovadores o basados en la dieta.

«En la obra de Buenaventura Serra hay cierta desconexión entre la teoría y la práctica. Pese a que quería ser un reformador práctico, no aplicaba lo que decía», apuntan los autores. Fue fundador de la Sociedad Económica de Amigos del País, y por ello buscó en la ciencia otra posibilidad de reactivar la economía. En ese sentido, rechazaba todo conocimiento demasiado teórico y pensaba que las matemáticas eran casi metafísica.

La botánica sí cumplió todos sus requisitos. Fue una de las disciplinas científicas más fomentadas por el despotismo e incluso muchas monarquías impulsaron la creación de jardines botánicos. Estudiar las plantas no entrañaba peligro político, así que el mallorquín pudo estar a la altura de la vanguardia europea en la materia.

«La botánica tenía también una aplicación práctica tanto por el impulso de nuevos cultivos como por la elaboración de medicamentos», añaden los historiadores. Pagenstecher apuntó una posible colaboración entre el mallorquín y Antonio Richard. Al parecer, el jardinero mayor del Trianón (en el Palacio de Versalles) contó con la ayuda de Serra cuando viajó a la Isla en 1761 para recolectar plantas baleares.

Serra pasó mucho tiempo herborizando parte de Mallorca. Después llegaban horas de gabinete de y de clasificación. Sus conocimientos se recogerían en una gran Flora balearica con más de 417 plantas. Una obra ampliamente ilustrada que concluyó en 1772 pero que nunca imprimió y quedó manuscrita.

«Era un hombre inseguro y, además, su Historia general de las Islas no había recibido los elogios que él esperaba. Eso le hizo perder el interés en publicar», aclara Picazo. Pese a que muchos criticaron el método de clasificación prelinneano, se trata de una obra importante realizada «por un jurista con pocos recursos y que nunca había salido de Mallorca».

Sus propiedades en los aledaños de S’Albufera le permitieron iniciarse también en ornitología. Otra de sus ranas de interés fue la arqueología. En su finca de S’Aubarca la gran riqueza de hallazgos acabaría por descubrir la ciudad romana de Pollentia.


Baleópolis nº 146    28-02-2012

Fuentes

GARCÍA MARÍN, Buenaventura Serra (1728-1784) y la tradición científica en el XVIII mallorquín
http://www.raco.cat/index.php/Mayurqa/article/view/119294/157068

GARCÍA MARÍN, Jesús. Buenaventura Serra (1728-1784) y la Ilustración española: Feijoó, Sarmiento, Flórez, Mayans, Finestres y el Círculo de Cervera
http://www.raco.cat/index.php/Pedralbes/article/view/100976/151968


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